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Va de cuento…

GUSANO

Por Juan Arvizu

Eran los primeros meses del gobierno revolucionario de la isla caribeña y faltaba algún tiempo para que comenzara el enfrentamiento con los Estados Unidos, un vecino geográficamente cercano pero muy distante en objetivos ideológicos.
Hasta ese momento pocos eran los que sospechaban el rumbo que tomaría en breve la isla, tras de liberarse del prieto bananero dictador Batista.
Matías Robaina, tenía más de tres décadas como comerciante. Poseía dos almacenes y dos tiendas de venta directa de alimentos al público. Las tiendas, aunque más pequeñas que los almacenes, eran bastante rentables, lo mismo que los departamentos que heredó de sus padres y que le proporcionaban una jugosa renta mensual.
Un poco después del triunfo de la revolución barbuda, decidió sabiamente enviar a su familia a Miami, pues consideró que Cuba ya no era un lugar seguro para ninguno de ellos.
Matías se quedó para seguir atendiendo sus negocios, porque confiaba en que los cambios que se estaban suscitando en la isla serian pasajeros. Los barbudos estaban realizando reformas, pero se trataba más que nada de hacerle justicia a muchos desposeídos, a los más indefensos, o al menos eso creía.
De hecho, con tales medidas, Matías estaba totalmente de acuerdo, pero el asunto ya no le comenzó a gustar cuando el nuevo gobierno comenzó a incautar residencias para dárselas a los pobres. Mucho menos le agrado cuando ese mismo gobierno se apropió por las malas de empresas extranjeras.
Los gringos no se quedarán cruzados de brazos, es el país de la libre empresa, lo que están haciendo es un robo descarado, pensó.
Conforme pasaban los meses, Matías se decepcionaba cada vez más de los barbudos. Poco después perdió sus almacenes y las distribuidoras de alimentos. Sus departamentos de renta corrieron la misma suerte y solo pudo conservar la casa familiar.
En ese lugar prácticamente pasaba las 24 horas del día. No salía para nada y los víveres que necesitaba le eran comprados y entregados por Gaspar, uno delos más viejos trabajadores que tenía en los almacenes.
Su único consuelo, al principio era entretenerse con la televisión y la radio, pero ese gusto poco a poco se esfumo, pues todos los medios de comunicación pasaron a ser propiedad del estado y reflejaban solo un punto de vista, el de Fidel.
La televisión estaba totalmente entregada al nuevo gobierno. En especial le molestaba la continua exposición mediática que le daban a ese extranjero chamagoso apodado “El Che”. En verdad que no lo soportaba. Si por lo menos se bañara y se rasurara, al igual que el resto de sus compinches.
La invasión de bahía de cochinos fue para él una esperanza de que las cosas cambiaran, pero en cuestión de días su entusiasmo se derrumbó pues los supuestos libertadores fueron derrotados por completo y hasta exhibidos como trofeo de guerra.
Sufrió al año siguiente, como casi todo el mundo, la crisis de los misiles y cuando esta finalmente se solucionó mediante un acuerdo entre Estados Unidos y la Unión Soviética, Matías quedo completamente descorazonado.
Entonces sí, perdió toda esperanza de que Cuba se liberará de las ocurrencias del carismático y locuaz Fidel y compañía.
Fue por ese entonces, cuando aumentó exponencialmente la huida de cubanos rumbo a Estados Unidos. A esos, los que huían, se les comenzó a llamar “gusanos” y al sitio donde emigraban, Miami, le apodaron la gusanera.
Durante varias semanas analizo la posibilidad de reunirse con su familia en Miami. Al principio se resistió, pero finalmente quedo convencido de que, en la isla, su hermosa isla, las cosas iban para largo. Cada vez se apreciaba más que los barbudos no cederían el poder por las buenas ni tampoco cambiarían el rumbo que llevaban.
Así, tomo la decisión de abandonar Cuba y convertirse en un “gusano” más.
Una tarde, ya casi de noche, después de meses sin pisar la calle, Matías salió de forma discreta en su reluciente carro Ford Thunderbird modelo 1958.
En pocos minutos paso de largo el malecón hasta llegar al puerto de la Habana. Enfiló más hacia el oriente y continúo avanzando en la misma dirección por más de 40 kilómetros.
Finalmente salió de la carretera hacia un camino de terracería y poco tiempo después estuvo frente a la playa. En ese lugar los esperaban tres sujetos, quienes salieron de su escondite donde estuvieron agazapados esperando a su pasajero.
Se saludaron brevemente y Matías les entregó un fajo de billetes al grupo y las llaves de su flamante vehículo.
Los sujetos vestidos de verde olivo se dividieron el dinero y de forma inmediata dos de ellos abandonaron el lugar a bordo del Ford Thunderbird.
El otro le hizo una seña para que lo acompañara y ambos se montaron en una balsa provista de motor fuera de borda.
Allí, aguardaron expectantes. Matías no sabía realmente lo que ocurría, hasta que escuchó un sonido de claxon largo seguido de dos cortos.
Esa era la señal. La lancha partió hacia mar abierto y Matías se aferró a una bolsa de lona que llevaba como único equipaje.
A medida que la lancha avanzaba el corazón del viejo comerciante latía con mayor fuerza. Sabía que varios de sus amigos habían huido de Cuba de esa misma forma, pero la posibilidad de ser detectados por alguna lancha patrullera siempre estaba presente.
Media hora después comenzó a calmarse. No había duda de que tanto en Estados Unidos como en el paraíso comunista de los Castro el dinero era un respetado amo y señor, que abre puertas y piernas, convence conciencias y compra todo lo que pueda comprarse.
Así llego a Miami, donde pasaría el resto de su vida anhelando el regreso a Cuba, como otros miles de sus paisanos.

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