Dirección General: Jesús Rivera Zúñiga

Carlos y Fanny

Por Juan Arvizu
Pasaron más de cincuenta años, pero finalmente se reencontraron. Ambos tenían más de siete décadas de vida y eran abuelos y bisabuelos, pero se saludaron y abrazaron como si nunca se hubieran separado.
Que dicha volver a ver a Fanny, pensó Carlos, y ella pensó lo mismo de él.
Carlos era propietario de un popular restaurante del centro de la ciudad y ella acaba de instalar una joyería en un mercado cercano. Tenía poco tiempo de estar viviendo en Reynosa, lugar que escogió para vivir después de quedar viuda en su querido Monterrey.
Pasaban muchas horas conversando en la joyería de Fanny y pese a los achaques de la edad, los dos tenían una excelente memoria y recordaban sitios, fechas, hechos, etcétera.
Ambos se hacían compañía, regularmente por las tardes, y en varias ocasiones rememoraron pasajes del apasionado romance que habían tenido cincuenta años atrás.
Recordaba en especial, medio de bromas y risas, los domingos de matinée y las tardeadas en la plaza Miguel Hidalgo organizadas por el bien recordado Juanito Granados.
Al principio se culpaban mutuamente del rompimiento, pero al final aceptaron que los dos presentaron esa rara enfermedad de la que pocos se salvan: ser jóvenes y pendejos.
Nos sobraba soberbia y orgullo, afirmó Fanny. Carlos estuvo de acuerdo.
En su restaurante, cada día, de lunes a sábado, Carlos ordenaba un platillo a la hora de la comida y pedía que se lo llevaran a Fanny a la joyería.
Esta labor estaba encomendada al chiquillo encargado de lavar los platos en el restaurante, quien en forma diligente entregaba el pedido y de vez en cuando recibía alguna que otra propina de parte de la señora.
Si algo había entre Carlos y Fanny, pese a la edad, no le importaba al chiquillo, pero había algo sobre lo que si tenía curiosidad. Como le hacía Carlos para saber lo que la señora quería comer en determinado día. ¿Lo adivinaba simplemente?
Una tarde, al regresar de entregar la comida, se reportó con Carlos para informarle que la señora ya tenía el pedido.
Carlos, adusto como siempre, le dio las gracias en forma seca.
El pequeño se quedó parado frente a la caja registradora y Carlos lo notó enseguida, así que le preguntó.
¿Se te ofrece alguna otra cosa?
Mhh, la verdad, Don Carlos, yo tengo una pregunta
Carlos miró un poco sorprendido al niño y contrario a su costumbre, dijo.
¿Y qué pregunta sería esa?
Pues, la verdad, no entiendo como hace usted para saber lo que la señora Fanny comerá en determinado día, ¿O es que siempre come lo mismo?
Carlos, quien rara vez sonreía, esbozo algo que se pareció a una sonrisa. Quizás andaría de buenas, pero tomó aire y contestó.
Los lunes toca comida corrida, los martes milanesa de res, los miércoles caldo de pollo, los jueves enchiladas suizas, los viernes albóndigas y los sábados es un platillo sorpresa. Cada varias semanas cambiamos el menú. ¿Alguna otra pregunta?
El chiquillo contestó que esa era toda su duda. Presuroso se retiró rumbo a la cocina.
Los años pasaron y el chiquillo dejo el restaurante y entró a trabajar como aprendiz en una imprenta. De vez en cuando acudía al mercado y en varias ocasiones pudo ver a Carlos conversando animadamente con Fanny.
Nada es para siempre reza el refrán así que varios años después, una tarde al visitar el mercado vio que el local de la joyería se encontraba cerrado y en la parte alta de la cortina metálica colgaba un moño negro.
Para Carlos fue un duro golpe y le dolió quizás más que la muerte de su propia esposa.
Poco a poco el hombre se fue apagando, dejo de comer y cayó enfermo. Once meses después del deceso de la señora, Carlos y Fanny reanudaron sus conversaciones.

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